ESCRIBE; DESPUÉS LO PIENSAS

La asfixia: Jóeté

miércoles, 4 de abril de 2012
(p. 93-97)
"Cojo con ganas La posibilidad de una isla, última novela de Michael Houellebecq. Llego también a su página web, y me imprimo de paso un documento, unos diarios íntimos con pinta de descarnados que arrancan en febrero de 2005. Allí abre sus heridas, por lo que veo, y saca a pasear sus traumas de cuando era niño que quizá fueron claves en su configuración de escritor. Puede que en esos años que allí relata alimentara obsesiones, miedos, que le hicieran volverse reservado. Habla mucho de la falta de afecto maternal. Esto pone en internet sobre su entorno familiar: <<Su padre, guía de alta montaña, y su madre, médico anestesista, pronto se desinteresan de su existencia. Una media hermana nace cuatro años después. A los seis años, es confiado a su abuela paterna, comunista, y de quien adopta el nombre como seudónimo>>.

   Cuenta también en esas páginas cómo su madre trampeó la matrícula del colegio para que lo aceptaran con cuatro años, en vez de a los seis reglamentarios. <<No fue nunca tierna, se quiso librar de mí>>, nos dice claramente. Y añade más tarde: <<Lo sé ahora: hasta mi muerte seguiré siendo solo un pequeño niño abandonado, gritando de miedo y de frío, falto de caricias>>.
   Es un relato este muy sincero a primera vista. Me queda la duda de si toda esta pose tan desvaída, frágil, que muestra hasta en las fotografías de promoción no es sino una estrategia para vender más libros. Aunque parece auténtico cuando habla, por ejemplo, de un aspecto de su personalidad que permanece inalterado desde hace treinta años: <<Mi increíble, mi anormal sensibilidad; mi emotividad incontrolable; mi patética vulnerabilidad>>. Quizá allí resida el germen de la tendencia hacia la actitud literaria, hacia el acto de escribir, donde la mirada huidiza encuentra cierto consuelo, aunque triste consuelo. <<Escribir. Una actividad penosa. Es más, no creo que haya una actividad más triste en el mundo>>.
   Leí en El Diván, el blog de un psicoanalista argentino, cómo no, que el acto de escribir es un <<síntoma>> --de que algo va mal --, más que una virtud o excelencia personal. <<En lugar de restablecer su integridad subjetiva, esta acumulación de fantasmas lo sumerge en una situación angustianter y le genera una situación de impotencia, de implosión, que solo puede disminuir por el acto de escribir>>. Y sigue: <<La inspiración es el resultado de la combinación entre el desbordamiento imaginativo y la necesidad de restablecer el equilibro psíquico por el desorden que esa situación le genera>>.
   Compruebo, en los últimos meses, que esto mío de escribir puede que sea algo más que un sueño de vanidad juvenil. Avanzo durante este otoño en Madrid sintiéndome por primera vez escritor. Suenan vivas las palabas del maestro, <<Tú ya eres escritor, ya eres escritor.>>, del día en que fui a verlo a Elizondo. En estos meses de vivir literariamente, a ratos penosos, queda la tranquilidad de saberse por fin algo, lo que se intuía desde hace tantos años, y que solo ahora parece cobrar forma. No sé si hay algo de los <<síntomas>> de los que habla el loquero argentino, pero sí noto que, a veces, me puede la vulnerabilidad, una hiperestesia que me aleja de las grandes batallas. 
   Quizá todos esos años de ceguera, de receptores taponados, fueran esos fantasmas de los que habla el psicoanalista gaucho. Vivir como un gato asustadizo en un barrio de perros fieros. Recibir un mail importante, la cerradura que me avisa de que se acaba mi espacio de libertad, y que viene una de mis compañeras de piso con su rutinilla coñazo, un comentario reprobatorio de mi hermano, un plan que se anula... Una insignificante alteración del estado de las cosas puede bastar para que mi humor se descomponga en cachitos, y vea ante mí un horizonte manchado de locura, soledad, marginación. Otros días, en cambio, me basta con una buena crítica sobre un cuento para sentirme capaz de todo. Disfruto entonces cruzando las calles y me siento un privilegiado, alguien fuera de lo común, con un poder del que la mayoría carece. Paladeo la megalomanía irrefrenable y siento que mi vulnerabilidad no es <<patética>> (Houllebecq), sino mi principal virtud, un don que me liberará de mi rol de anónimo flâneur.
   Otros días, menos ciclotímico, me miro al espejo y me pregunto a los ojos si realmente me interesa algo que vaya más allá de mí, más allá de estas letras, mis letras, que se me antojan miles de patitas de araña aplastadas sobre el folio Clairefontaine.
   Un egotismo incesante determina mis lecturas, porque leo para encontrarme, y luego una escritura donde entro y salgo a mi antojo, como en una particular fiesta privada de uno. Me viene a la mente una cita de los (aburridos y metapoéticos) diarios de Cesare Pavese, en El oficio de vivir:
   Las primeras veces me parecerá haber vuelto a mis tiempos arcaicos y me parecerá que no tengo nada que decir. Pero no debo olvidar lo perdido que estaba antes de Los mares del sur y cómo empecé a conocer mi mundo a medida que iba creándolo.
   Me reconforta de algún modo, aunque al rato me acuerdo entero de que Pavese se suicidó.
   No planeé este libro para hablar de mi, sino de él, de ella, de ellos. Pero las confesiones de Houellebecq, el desvalido Houellebecq, han removido cosas. Algo de la vulnerabilidad que él sufre, el nervio al aire, y por qué no, una carencia de calor materno, del que también anduvo privado Houellebecq. Falta de calor materno, y paterno, esa atención en exclusiva que demandan los niños y les hace sentirse únicos, los predilectos de sus padres. Si no, no recordaría como tan valiosos los pocos gestos que fueron dirigidos a mí, en exclusiva, como ese libro de Fernando Fernán-Gómez, Los ladrones, que me regaló mi padre, por sorpresa, una tarde febril de aspirinas infantiles."
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(Luz de noviembre, por la tarde. Eduardo Laporte. © Demipage, 2011)
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Y hasta aquí puedo leer. He tardado 21 días (qué televisivo) en poder leerlo sin echarme a llorar. Creí que no bajaría de intensidad, pero todo pasa; incluso he podido copiar línea a línea. Ahora me río porque no es para tanto. Pero cuánto he sufrido...

Parece que las motivaciones para escribir de hombres y mujeres son muy distintas. Cosa que críticos, analistas y los propios escritores narrando por qué escriben se cuidan de explicar. No es un síntoma escribir ni tampoco una enfermedad, aunque parece que el binomio escritura & traumas paterno-materno filiales es común en el género masculino. Así se explicaría (supongo) que florezca últimamente tanta narrativa con escritores traumatizados por sus padres.

Aunque ahora lo dudo. Olvidad el párrafo anterior. Leyendo más en profundidad la cansina pregunta "¿por qué escribes?" realizada a múltiples profesionales de ambos géneros, las motivaciones se distribuyen de forma equitativa.

Mientras tanto, a fecha actual 4 de abril, estas líneas se llevan el primer puesto de uso Escribir / Guardar / Cerrar / Abrir Borrador / Escribir / Guardar / Cerrar / Abrir Borrador / Escribir / Guardar... etcétera.

Quería explicar muchas cosas, señalar otras, poner colorines, protestar por la endogamia masculinista del mundillo literario (español e internacional también, según encontré en un artículo quejica del New York Times o por ahí) y lloriquear por último como perro abandonado con la narración de todas esas barbaridades (enterradas en lugar ignoto de mi memoria, hasta que las páginas de arriba prendieron la chispa) que explican por qué y cómo dejé de escribir en 2004, cuando no sé hacer otra cosa que tener las manos ocupadas haciendo palabras. Psicoanálisis baratito, oiga, que me lo quitan de las manos.

Pero a la hora de la verdad, en esta enésima ejecución de Abrir Borrador / Vista previa, me cuestiono que para qué. ¿Cómo explicar todo eso? Y además a consecuencia de un texto muy dispar, que por un lado tiene frases que he podido escribir casi idénticas (en una libreta de 2002) y por otro me queda a kilómetros: no tengo defectos de relación paterno-filial, mucho menos referidos al acto de escribir; confieso también que no he sido capaz de leer una sola línea de Houllebecq directamente, porque me asalta una animosidad irracional hacia sus textos que no consigo vencer.

¿Cómo lo explico? Pues mire, no. He esperado a que concluyera mi asignación de espumarajos por la boca. Y, por fin, el intento definitivo de publicar esta parrafada. Si pasa del segundo día en modo borrador, se pudre y acaba en la basura. Ya saben.

Las explicaciones, otro día. Si es que llegan. Mañana se me habrán olvidado.

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