ESCRIBE; DESPUÉS LO PIENSAS

Un relato de domingo

domingo, 9 de diciembre de 2012

[1]

Los reporteros han recogido sus cacharros y ya se han largado. Vuelvo al cuarto para observar la estantería. Es un auténtico asombro, cómo he podido escribir tanto, les decía a cámara. La frase me araña de sorpresa al pronunciarla, la frase tiembla en mis ojos ahora que estoy completamente a solas.

Y este es el espacio donde trabaja Néstor Fortune, el escritor superventas. El ordenador portátil, la taza de café, el ventanal amplio. La estantería.

Todo empezó con este éxito inesperado y saco hábilmente, como al azar, la primera edición de "La felicidad en un huevo frito". 14 ediciones, 36 países, 10 idiomas. Nada volvió a ser lo mismo. Guardé aquel ejemplar, el primero de la primera caja que me enviaron con las copias. Sonrío, lo coloco en su sitio, miro a cámara y al entrevistador como si acabara de acordarme, cojo otro libro de tapas amarillas. Mira por ejemplo lo que guardo aquí, la edición en japonés. Supongo que estará correcta, no entiendo ni papa. Enseño el libro de caracteres verticales y apertura de izquierda a derecha.

Me sorprende haber escrito todo esto. Pienso en Claudia. Pienso en los ojos de Claudia reflejados en la becaria-ayudante, que acompañaba al periodista cultural y al cámara cuarentón. Una milésima de segundo, apenas, mientras me enganchaba en el pantalón la petaca del micrófono inalámbrico. El mismo brillo. Dónde estás, Claudia, te estoy esperando.

Suena la cerradura. Es ella, por fin.

[2]

Irrumpe en el cuarto de trabajo sin saludar. Se sienta junto al ventanal en el sillón monoplaza, con las piernas y los zapatos encima. Saca un paquete de L&M light y enciende un cigarrillo. A través del humo espeso me mira por primera vez.

¿Y bien? escupe.
Qué. No me gusta que fumes.

Encojo los hombros y me acomodo frente al ordenador, de espaldas a la ventana. De espaldas a ella. Busco un archivo cualquiera del procesador de textos. Abrir. 

Eso se ha terminado. 
No respondo.

Déjalo. Ahora.

Enfrento sus ojos. Es el mismo brillo en las pupilas que la noche en que nos conocimos, que la primera. Y que la última, antes de marcharse.

[3]

18 años.  Claudia tenía 18 años, de eso hace... el triple de tiempo. Estudiaba Derecho, sin saber muy bien por qué. No le interesaba especialmente ser abogada, como no le interesaba lo demás. Sólo la libreta que llevaba siempre encima. La conocí en un recital de diciembre, organizado por un colectivo que impartía talleres literarios. Quería apuntarme así que acudí a la velada, donde los alumnos tenían público a quien machacar con sus inventos.

La mayoría leyó, con cierto no saber estar y vergüenza infantil, textos de autores consagrados. Algún cuento breve. Un par de poemas. Claudia lo hizo diferente. No utilizó papeles de apoyo, se lo sabía de memoria. La voz no temblaba en absoluto. Recitó dos poemas suyos. No le importaba el público, al contrario. Al público le interesó ella, en una inversión de papeles; los demás teníamos el privilegio de un pase vip para entrever secretos íntimos.

Me apunté al taller. Caí en su clase. Entablamos amistad. Salimos de copas, fuimos al cine, nos convertimos en pareja.

Ella no-estudiaba Derecho, aunque siempre había sido muy buena estudiante. Su autoestima dependía en exclusiva del acto de escribir. A la larga, la situación se volvió extraña. Ningún cumplido (de otra cosa) era suficiente. No le importaba salir o no de fiesta, ni la ropa ni ir de tiendas. No se parecía a ninguna de las chicas de 18 años que hubiera conocido.

[4]

Levántate de ahí, Néstor ordenó.
El cigarrillo tenía ceniza tras las primeras caladas. Con una teatral coreografía, se levantó delicadamente del sofá, avanzó una pierna, estiró el cuerpo y dejó caer la ceniza en mitad del teclado. Levanté las manos. 

Se acabó tu tiempo. Ahora vas a pagar por todo.

[5]

En aquel año que pasamos juntos vi a Claudia marchitarse. No sabía qué quería hacer con su vida, o no era capaz de expresarlo en voz alta. Pero siempre estaba entretenida enviando fotocopias a todos los concursos literarios que caían en sus manos. También había intentado con alguna revista de la ciudad, pero requerían un mínimo de curriculum u obras editadas, que Claudia por supuesto no tenía. Cada poco, trataba de convencerla para que enviara los originales a alguna editorial, a probar. 

No creo que tenga suficiente calidad respondía siempre. ¿Para qué intentarlo, si sé que van a decir que no?

Por no intentarlo, se marchitaba cada vez más.

Hasta que trajo un montón de folios para que los leyera. Llegó exultante. Por fin la he terminado. Te la regalo, ya me dirás. Era un novela completa, de la que no había sabido nada hasta ese momento. La devoré en día y medio. Intenté convencerla, con más ansiedad que otras veces, para que la enviara a algún sitio. Se negó en rotundo. 

Un día, ese día, decidí enviar el texto yo mismo a un editor, con fama de prestar atención a los nuevos talentos. Por probar... La respuesta superó con creces cualquier expectativa. No sólo estaban interesados, sino que querían editarla ya. Toda la maquinaria se puso en marcha con velocidad pasmosa. En unos meses estaba todo listo, la prensa especializada avisada, la novela en los catálogos. 

Había un pequeño fallo. Sólo uno. El editor pensó que la novela la había escrito yo. Al ponerse todo en marcha, no deshice el malentendido. Por pereza. Porque no me dio la gana. Porque no me acordé de que era mi regalo para Claudia. El libro iba a ser un éxito, lo demás qué importaba.

Ella se enteró. Vino a hablar conmigo. Me miró a los ojos, por última vez. 

Tú me has quitado lo que me hace respirar. Disfrútalo, mientras puedas.

Claudia se suicidó esa noche. 

El libro fue un éxito,  La felicidad en un huevo frito.

Seguí escribiendo, varias decenas de volúmenes, durante treinta años. Copiando el estilo del manuscrito original, aunque nunca se repitió el éxito del primer libro. 

Para todos, siempre fui el del huevo frito





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