Infinite

Cuarentones


La pregunta está planteada con toda la candidez del mundo, con curiosidad pura y sin maldad, porque a quién si no se lo pregunto mejor que a un protagonista directo. Podría sonar irritante, igual que esa curiosidad tan estúpidamente heterosexual por preguntarle al primer amigo que se hace gay [sic] cómo funciona la relación en los aspectos morbosos (los que realmente importan).

Así que ahora lanzo también la cuestión, que cómo afecta eso de la crisis de los 40, que parece que los hombres (en concreto) se vuelven gilipollas, medio locos, que por qué, cómo, que si es para tanto.

El cumpleañero, en realidad, corona la mágica cifra de nueva década + 1, que es la edad crítica, la de las grandes crisis que he experimentado. La respuesta no resuelve gran cosa porque es un rosario de lugares comunes: el motivo es esa perspectiva de haber consumido la mitad de la vida humana, que si miras atrás y un inevitable balance de lo que has hecho o dejado de hacer, un resumen que deprime o alegra, casi siempre lo primero.

¿La mitad de la vida? y se me escapa la risilla sarcástica entre los dientes, ijijijí.

Sigo sin entender muy bien esa perspectiva "ciega", porque a fin de cuentas llevo en crisis existencial desde los 20, y porque ya antes (mucho antes) sabía con certeza absoluta que me iba a morir y todos los etcéteras. No tengo que esperar a los 40 para saberlo.

Aún peor, he decidido que me moriré a los 73 años porque, no sé, me gusta esa cifra y hablar es gratis. Con lo que el ecuador está a pocos meses de aquí, la mitad son 36'5, cifra que cumplo en agosto de 2015. Figúrate, ya he gastado la mitad y no he hecho nada de interés, sigo sin ser yo, sin haberme desarrollado por completo como persona, ni siquiera a la mitad, hostia pero qué bien todo y qué desperdicio de células.

La conversación necrológica sigue y salta después a otros temas. 

Unas horas más tarde, ya a solas, aprovecho para un cálculo más profundo y aterrador. Que la primera década, de 0 a 10 años, todo descanso y paz. Y después, de 11 a 21, el desastre: a los 11 que empecé a escribir, hasta los 21 que miré hacia atrás en el desierto conseguido con tanta escritura. Y de 21 a 31, que al saltar a los míticos 30 no ocurrió nada, pero a los 31 sí, y acabé abriendo este blog.

Ya con antelación, presupongo que a mis 40 no pasará nada, pero a los 41 sí. Se me erizan los pelillos de la nuca pensando que, igual que otras coincidencias no buscadas, a ver si de esta crisis no sobrevivo; que Kafka se murió a los 41, ya sería el colmo de fan. Eso, o una guerra mundial. Lo de convertirme al judaísmo sigo sin verlo claro.

Quizá debe ser tanto tiempo de espera, que esta vez me río. Todo lo que tenía que quemar o destruir, ya lo he quemado. Con 41 espero que Internet siga existiendo, al menos para que pueda desfogarme en una página personal como esta, si es que no he encontrado otro sitio o posibilidad (al paso que voy, parece que no). Sólo dejaré dos páginas con todas las contraseñas de Internet y derivados. Contraseña(s) que es una variación de lo mismo, una y otra vez: el pedazo de un verso propio.

Es un poco preocupante. Y tan retorcido que, por una vez, me río del absurdo de tanto esfuerzo.


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