ESCRIBE; DESPUÉS LO PIENSAS

21 días

lunes, 14 de agosto de 2017
Dicen las malas lenguas, lo habéis escuchado seguro en alguna parte, que se tardan 21 días en cambiar un hábito. El precepto así resumido quiere apoyarse en distintas investigaciones sobre neuroquímica del cerebro y cómo nuestra máquina perturbadora fija y da esplendor, con las interacciones, señales y recompensas, a determinados patrones de conducta que alcanzan el estatus de rutina habitual. También es un mito producto del resumen: fue el Dr. Maxwell Maltz, cirujano plástico, quien expuso en su obra Psycho Cybernetics de 1960 que sus pacientes tardaban mínimo 21 jornadas hasta que la sensación fantasma de un miembro amputado desaparecía o hasta que se acostumbraban a su nueva imagen en el espejo. Como mínimo, dijo, aunque el reduccionismo marcó 21. La investigadora Phillipa Llay ha comprobado que la media  son 66 días.

Como sea, y para aprovechar esos mecanismos a la inversa, se aplica los 21 días para "cambiar de vida" e instaurar nuevos hábitos sobre alimentación, ejercicio o estudio en la literatura de desarrollo personal. Tanto queda de ese mito 21 que sirvió para titular el longevo programa de vivencias "21 días" de Samanta Villar y Adela Úcar.

Casualidad o no, la cifra es exacta en varios intentos de reinventar los esquemas. Por ejemplo, 21 días he aguantado todas las veces del NaNoWriMo. Es un evento (¿mundial?) que se desarrolla en noviembre, te apuntas a la web y registras las palabras que escribes cada día del borrador de tu novela. El mínimo diario son 1.666 palabras (máximo lo que quieras) durante todo noviembre. Te ofrecen tus estadísticas así como las de los otros participantes, en un delicioso pique colectivo que sirve como disparador de la motivación. En mi procesador de textos, con el tipo de fuente, espacios y demás (bastante apretado todo) el reto son apenas dos páginas y media de mínimo. Una cifra de lo más corriente para mi ritmo de trabajo pero ¡oh, sorpresa! que los escritores profesionales dicen que es mucho. Ja, ja.

En cada ocasión, por un empleo nuevo o un amante que visitaba la casa, he durado 21 días consecutivos hasta que empezaba a fallar la regularidad.

También durante un mes, cuando malherido.com pasó a ser de pago y por tanto se autoexigía escribir una entrada diaria sí o sí, otro compañero y yo probamos un acompañamiento de fan en la distancia con un post diario, a ver qué ocurría. El resultado fueron 21 días (mayo 2014).

Y en 2015, por primera vez en mi vida, quise probar el método del como si, comportémonos como si fuera escritora de actividad primaria en vez de avergonzarme, como si los empleos de mierda fueran un método para ir ganándose la vida mientras tanto entre obra y obra de pocas ventas, supervivencia hasta la llegada de un contrato editorial.

El mismo día que adopté esta actitud salí a la calle, sin saber cómo iba a arreglar el paro, y volví con empleo nuevo. Aunque fuera ese trabajo que tantos ya odian de señorita con carpeta de ONG que interrumpe paseos.

La racha de motivación duró los ya pesados 21 días, antes de agotarme en la inercia perjudicial que casi destroza todo. Sólo aprendo por las malas y creía tener aprendida la lección. Pero no, claro que no. Me he venido arriba después con trabajo temporal-pero estable en el mismo sitio, como promotora azafata externa y después como dependienta, tanto que empecé una segunda carrera que siempre he querido hacer (de las cuatro que tenía pensadas). Y el convencimiento, el relax y la alegría que, mientras tanto, Amazon era una segunda casa (el blog, la primera) donde podía volcar los productos terminados no sólo como escritora sino como diseñadora, correctora y editora.

Ay, pero la inercia... esa inercia del contrato seguro, de abandonar la propia identidad a la velocidad de la luz, de volver a la máscara de la vida doble y el fingimiento de ser normal como los otros y la escritura puedes aparcarla sin efectos secundarios. Soy una experta en ese hábito, llevo 25 años practicando la misma basura. Planteé el crowdfunding/venta anticipada de un libro que hace ya años se llama Bajo el árbol morado: la creatividad maldita para golpear en el corazón de esa estructura podrida hasta derribarla por completo de una vez. Una temática bastante fácil: contar mi horrible historia de escritora oculta por 25 años, harta de no encontrar modelos en ningún sitio, una especie de antimanual. Me adelanté un curso, no ha sido hasta el siguiente que he tenido la asignatura donde se estudiaba, justo, el tema de la creatividad y la creatividad artística. Pero quería hacer esa exposición pública y definitiva desde el remanso de paz que había alcanzado.

He vivido una doble vida por más de 25 años (fijo esa cantidad, pero ya son 27 años de escritura) con una autoestima en -1 o casi 0, perdida en la falta de una tribu que sirviera de apoyo o experimentara algo parecido, junto a la oscura necesidad de encontrarla a toda costa para no ser un bicho raro fuera de la sociedad. Desde este nuevo punto de vista que alcancé en 2015, la paz llega porque ser un bicho raro, que no se puede arreglar, pierde sus connotaciones negativas y su sentimiento de culpa.

Ay, la inercia.

La inercia de los almacenes cargados de productos de China, arrastrados por otros seres humanos tan desgraciados como yo. La inercia de perder la fe en toda capacidad propia frente al sistema. La inercia de tener que demostrar, como se exige por partida doble a las mujeres, que no empecé ayer y tengo mi voz asentada hace mucho (otra cosa es que no se conozca). La inercia de encargos que salen a cuentagotas, no lo suficiente como para dar el salto a correctora/copy/diseñadora autónoma. Mejor esta mierda que nada. Y con la mierda, dejamos de hacer lo único importante. Y los pocos ahorros da miedo invertirlos en una cámara de vídeo, aun de segunda mano, para producciones audiovisuales propias.

Mal todo, mal.

Faltaba el PUM definitivo.

Como que no renueven contrato, previsible en un trabajo basura. Como que el compromiso en la relación de pareja ya no avance más y regrese la soledad. Como hacer vida social, más intensa, y conocer a una veintena de personas nuevas, encontrar a una decena de amigos, explicar una decena de veces qué he sido, qué he hecho/hago, por qué mi nombre literario es Sara M. Bernard, etcétera. Regresar a un agosto 2015, que es igual a un agosto 2013, igual a un agosto de hace 20 años. Igual que siempre.

Sólo durante los próximos 21 días, vuelvo al post diario y a la actividad normal, desde la calma zen.
A ver cuánto aguanto.



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