ESCRIBE; DESPUÉS LO PIENSAS

Soledades, identidades

martes, 15 de agosto de 2017
Es curiosa la frecuencia con la que oigo cierta frase, "ser escritor es una profesión muy solitaria". Solitaria, ¿respecto a qué? ¿se diferencia en algo de otras actividades donde también y siempre trabajas solo? La gente que emite esa sentencia, ¿necesita en serio compañeros de oficina?

Quizá porque ahí subyace la escala divisoria que corta de verdad esta sociedad del primer mundo. La única diferencia (que no desigualdad) entre estos y los otros. Personas que necesitan de otras personas para todo y personas que viven en su mundo interior donde nunca hay soledad; a veces, sí silencio. Los primeros intentan convencer a los segundos de que son un error, de que está mal, que la extroversión es un bien necesario. Que la identidad no puede surgir sin el contraste. 

Nunca entedí a las personas que perciben el mundo gracias a la mirada de otros, a las personas que temen al silencio y al reposo, a su propia voz. A aquellos que ni siquiera saben cuál es su voz, porque no se pararon a escucharla (¡gnóthi seautón, eh!)

Quizá sea una condición indispensable o una característica personal identitaria para el artista. Prefiero apuntar hacia esa dirección que señalar el prejuicio del sufrimiento. Ya está bien, maldita sea, esa terrible leyenda según la cual hace falta sufrimiento para ser creador, dolor vital para sublimarlo en arte de cualquier tipo. Una mayoría de casos, parece, apuntan hacia la experiencia humana del displacer y las crisis personales como motivo de la fuente etérea para la creatividad. Y es cierto. Pero a veces surge porque sí, porque hay demasiadas cosas que danzan en el mundo propio (y no todo fruto del dolor) pero el resto trata de apartarte del camino: si sigues por ahí, sufrirás. 

Y para evitarte el daño, para ahorrarte el daño, para protegerte en contra de tu voluntad incluso, el resultado es justo el opuesto: el arte te acaba haciendo daño porque es imposible pararlo. 

En una feria del cómic hace unos días, con salas de exposición kilométricas cuajadas de cuadros tamaño A3, coloreados a tinta y acuarelas de forma manual, uno calcula más horas, esfuerzo y concentración (o parecida, al menos) que en la novela de más de 400 páginas que se haya leído últimamente. Pero el mito de creador taciturno, encerrado y solitario recae en los escritores, sin saber por qué. ¿Crees que los dibujantes de cómic pueden sacar su mesa de trabajo al parque? ¿que los bailarines no están encerrados en una sala con espejos? ¿o que el actor no necesita de un sitio con escenario, aunque lo pueda sustituir por la calle? ¿un pianista de una sinfónica saldrá al exterior para practicar con un teclado portátil, si su piano de cola debe estar en una sala? 

Quizá es una cuestión de característica personal. De identidad. De peligro. La creación es un acto solitario pero no impide que esté pensado para otros. Como no impide, y he conocido de primera mano amigos así, que esa persona sea un fuera de serie sobre el escenario y un monstruo de la interpretación que hiele la sangre, pero en el trato cercano sea reservado, tímido, cero extrovertido. 

La dificultad con los escritores radica en la difícil separación de obra-autor-persona y depende también del género. Si uno escribe ciencia ficción con robots caníbales desquiciados es menos probable que levantemos una ceja disconforme que si se tratara de un texto diarístico-atobiográfico, donde el autor exprese su deseo oculto de comprarse una armadura biónica para atacar a su vecino y masticarlo. 

—¿Quién eres?

—Yo soy...

Y así empiezan todos los dramas.

Los artistas y creadores saben quiénes son, o acaban por saberlo con el desarrollo de sus creaciones. Y eso parece un delito en esta sociedad. Es la quimera inalcanzable con la que fabrican cursos de coaching porque nunca se llegará a meta. Los creadores, sin embargo, escapan a las formas habituales de proyección social porque usan otras reglas, su propio lenguaje. Rasgan cualquier máscara no deseada que se les quiera imponer. Parece un delito pero seguimos ahí. Y a veces duele en el otro lado. Es uno de los motivos por los que siempre he escrito con nombre literario (que otros llaman seudónimo) porque la de verdad es la que se explicaba por escrito, en persona era imposible e incluso innecesario. Con el nombre literario (el de ahora o los sucesivos anteriores) expreso lo verdadero. Pero eso es otra historia que será contada en otro post.

La cualidad de lo abyecto salta gracias a esa identidad, como vi en la práctica hará un par de años. Si bien la percepción del mundo está coloreada en gran medida por los hábitos, tendencias y prejuicios, fue gracioso comprobar la imagen reflejada o proyectada sobre mí por ciertos lectores. Coincidían motivaciones románticas o sexuales y coincidían, curiosamente, todos hombres que no aceptaban mi palabra. El encontronazo sangriento fue inevitable, por supuesto. No sólo creían entender mejor que yo lo que se escondía entre líneas (interpretaciones suyas que no estaban ahí) sino que trataban de imponer a la fuerza dicho esquema para que encajara en el molde de sus cabezas. Rebatirlo no servía de nada, como si no tuviera potestad alguna para ejercer identidad propia  ni para desentrañar por qué y cómo y para qué existe lo que está escrito. Robar la voz de mi voz, es la única cosa a la que soy altamente reactiva. No lo toleraré nunca.

Sigo sin comprender en absoluto a la gente que necesita estar siempre acompañada. Los estudio como animales exóticos, desde el otro lado.
Comenta algo
Publicar un comentario