Mi verdadera historia (capítulo 3: vieja poeta con ISBN nuevo) ~ Malditos cerebros.III


Si estás en un callejón sin salida, da la vuelta y vuelve por donde has venido

Sentí una pena enorme por mis abuelos, los de pueblo andaluz lleno de olivos, los de reutilizar mondas de patata para hervir en el agua y que la comida tuviera algún tipo de sustancia en el plato de posguerra, los de trabajos variados y nómadas hasta que llega uno bueno en una gran empresa que dura toda la vida y finaliza en la jubilación, se puede ahorrar, establecerse en un punto, se curra sin descanso todos los días para que los hijos salgan adelante y los nietos salgan adelante porque ya vienen de serie con ganas de estudiar y les regalas su primera máquina de escribir...

da la vuelta

... pena por el esfuerzo de unos padres currando y estudiando todos los días hasta alcanzar otro buen trabajo cualificado, del que permite unos hijos que nacen con la posibilidad heredada de elegir caminos, las facilidades materiales de elegir caminos de forma consciente y cuando toca elegir caminos...

y vuelve por donde has venido 

... en mitad de ese camino, una de las piezas de la cadena se convierte en el eslabón más frágil, mutación que se deja engañar porque le han contado que su trabajo no vale, no ha parado de trabajar pero no vale, el eslabón débil que termina por romperse hasta caer.

Si estás en un callejón sin salida, vuelve

Nada más sentía pena sincera por no haberlo hecho mejor. La meritocracia y el esfuerzo que funcionaban para mis antepasados, para mis coetáneos de escuela, no lo había hecho para mí, o no había encontrado el hueco preciso -porque ninguno parecía mi hueco verdadero-. Cómo iba a saber nadie, tampoco, que formaba parte de mi propia generación espontánea. Está muy bien aprenderse tres acordes en la guitarra para reuniones de juventud como mi madre, o pintorrear rostros de corte picassiano en una hoja mientras hablas por teléfono como mi padre, pero en nada se parece a toda la energía puesta en la música para hacerla profesión, o que los dibujos acaben expuestos, o en escribir libros porque tú fabricas libros o los fabrica tu mente durante casi 24 horas al día, cómo lo va a saber nadie si callas, cómo te van a asesorar en un sistema cerrado donde lo creativo es menos que. En lo no creativo, oficina y obligación, tampoco había encontrado salida, mi cumbre era girar desde las ruedas de prensa con sucesivos ex y actuales presidentes del país hasta que sólo ofrecieran una carpeta para que me pasaran todas las lluvias y tormentas por encima a 4 euros la hora, mientras convencía a gente buena para que se apuntaran a una ONG.

Llegados a este punto, me importaba un bledo si era una depresión o no, si la misma depresión me hacía negar la ayuda con el razonamiento no me devolverán el tiempo gastado. Me importaba un bledo todo. No tenía escapatoria por ningún sitio.

Un callejón sin salida. 

Excepto darme la vuelta y volver por donde había venido. Excepto no levantarse de ese escritorio hasta que terminara el nuevo texto y moverlo por las editoriales, y aplazar la decisión sobre mi final sólo cuando tuviera una colección de noes o de comentarios expertos sobre la bazofia que escribía, sólo entonces y no antes, no antes de haberlo intentado. Aunque no fuera del todo correcto, desde mi percepción lo que llevaba de vida era un completo fracaso y no me quedaba nada. Y la gente que no tiene nada que perder se vuelve muy peligrosa. No puedo indicar algo concreto (lectura, información, noticia... quizá otro veinteañero escritor declarando obviedades en la prensa) que en ese momento incendió mis entrañas con un tipo de furia rabiosa nunca antes experimentada. Surgió sin más, rabia por abandonar la existencia sin haber hecho nada en serio, incluso aquello que consideraba en secreto lo importante. ¿Que no conocía los pasos estándar para ser escritor real hacía 20 años? Vale, pero ahora sí lo sabía, lo seguía aprendiendo todos los meses con lo que me contaban los escritores de verdad. ¡Ni siquiera podía justificar mi fracaso! ¡Una sola vez había enviado material a una editorial -sin intención de que publicaran ese texto en concreto- de las más de 100 en activo! Qué mierda absurda estaba haciendo, ¿abandonar antes de intentarlo? A cabezona terca aún no me ganó nadie. No me quedaba nada más.

El mismo motivo por el que pretendía desaparecer era lo único que podía salvarme ahora; di la vuelta y me reconcilié con ese escondite desde el que observé la vida por años.

La nueva furia creativa con precisión láser hizo que en apenas 24 horas ajustara el horario para una existencia diurna, una dieta adecuada, añadir complejos vitamínicos e incluso ejercicio. Tras la parálisis del encierro lo físico se equilibró rápido, pero la lucidez furiosa mantuvo toda su potencia al mismo rango y el mismo ímpetu por la sentencia de muerte. Era ahora o nunca más, final. Por primera vez, escribir no era sólo una necesidad irrenunciable sino que lo retomé como mi trabajo diario, sin inseguridades de ningún tipo: eso es lo que sabía, lo que había hecho 20 años y ya está. Si mal o bien, ya no importaba. Era hacerlo o morir. La costra de culpabilidad acumulada por años saltó por los aires y retorné al mismo período en que escribía así, sin culpa porque había un futuro, leía para clase Un mundo feliz de Aldous Huxley y resumía las peripecias de su protagonista, Bernard Marx, del que tomé mi profético apellido del nombre literario.

El trabajo cotidiano se convirtió en la novela, como quien escribe para cumplir los plazos de un contrato editorial que no había firmado con nadie.  Poco después llegó un festival de literatura que incluía entre sus actividades la presentación de un texto, bien en marcha o acabado, para recibir asesoramiento de una serie de editores en activo. La idea de mi novela fue aceptada, con los pocos capítulos ya escritos y el esquema pormenorizado del proyecto. 

A estas citas editoriales no les di mucha importancia; quizá no pasaban de actividad para recaudar la cuota de inscripción más que una valoración profesional. Aún así, volví a casa con detalles en apariencia ridículos que mantuvieron la furia en todo su apogeo: las correcciones de un párrafo de pretendida lírica en el capítulo 2 - pero tontada ñoña cuando el editor lo leyó en voz alta y tenía razón, qué risa- y la gracia de saber que, a la hora de la verdad, carezco de ego y puedo destruir sin piedad mis propios textos para rehacerlos, aunque fueran portadores de una sentencia de muerte. Y otra editora, amiga en carne y hueso del autor del que me declaraba fan, explicó para mi sorpresa que finalizaría el proyecto en unos 6 meses, según su experiencia de trabajo con autores. Que se lo enviara en ese plazo. El dato -que la gente que se dedica a eso tardaba tantísimo- me provocó otro ataque de risa. En ese tiempo tan prolongado, mi texto finalizaría con unas 1500 páginas y no las cerca de 200 que pretendía. Si me dedicara a eso con un contrato editorial de verdad.

Llamaron por fin de la primera oferta tras el medio de comunicación, de comercial rara para ONG -porque en dos años habían contactado de la misma oficina, con distinto nombre-. Acepté por si era la misma gente tipo secta comercial y podía hacer una cámara oculta o artículo sobre un tema que aparecía bastante en ese momento, las estafas de empleo. En efecto, dos semanas de trabajo a jornada completa (de 12 horas diarias) supusieron un salario de 60€ en total, la obligación de trabajar el 1 de mayo (festivo) y una denuncia (por fin, ya era hora de ejercer mis derechos) en Inspección de Trabajo.

La experiencia dio pie a plantearme escribir algo más extenso sobre trabajos basura. En los medios aparecía el tema crisis de manera constante y polarizada: familias con hijos que mendigaban para pañales en un extremo o jóvenes estudiantes que ya pensaban en emigrar de España como única solución por el otro. A mitad, donde me encontraba, aquellos que debían estar afianzando su vida adulta pero chocaron con las crisis que los enjauló en eternos becarios, no aparecían por ninguna parte. ¿Dónde estábamos esos mediocres de 30 años? Una crónica periodística de mi vida laboral y de las estafas incluso antes de esa "crisis" me pareció buen ejercicio de testimonio, sin mayores pretensiones literarias. Y la posibilidad de desenvolverme con la aparente sencillez de las herramientas de autoedición, una línea más que añadir al currículo sobre mis habilidades en diseño. Y sin depender de la respuesta de nadie. 

Planteé el experimento y varios lectores del blog se interesaron. Aplacé la novela en curso e intenté centrarme en la otra idea. Previo retraso de un mes de contrato temporal en otra ONG de renombre, una que exigía viajes constantes a distintas ciudades, trabajo que acepté para sumar días cotizados o para demostrarme que podía llevar una vida organizada con su contrato oficial, aunque acabé hasta el moño. 

El día 3 de julio de 2013, por fin, me senté a escribir la crónica laboral que titulé Los versos del hambre: generación 30. El 16 de julio estaba disponible en Amazon. 

Durante los meses siguientes, a escala reducida, experimenté lo que significa ser escritor y estar en el mundillo. Lectores antiguos y nuevos, fans extraños, algún baboso y una avalancha de peticiones de lectura por parte de noveles con el supuesto de que debía ser alguien si, de la nada, aparecían reseñas mías en sitios como este o este. A fecha de hoy siguen preguntándome si no soy un seudónimo del escritor A. Olmos (mantengo la duda de si es un insulto hacia él o un halago hacía mí). 

El impacto de todo ese movimiento fue bastante positivo, teniendo en cuenta que no era un texto literario con los personajes de siempre o que apenas tardé una semana es escribirlo y otra semana de corrección y diseño. Durante el año posterior a mi primer autoISBN la normalidad aparente regresó como si nada hubiera ocurrido, es facilísimo caer en la inercia arrastrada. La urgencia que imprimía el sinsentido vital se atenuó hasta el mínimo por un respaldo inesperado: la existencia de Amazon y otras plataformas aseguraba que si surgían más libros en una noche, una semana o un mes, podía trabajar en ellos y materializarlos desde la primera coma, la tipografía, el tamaño definitivo del libro impreso o la portada, para después ponerle un precio de venta; con unos pocos clics desaparecía la culpabilidad de que no era útil ese trabajo. Bravo por la evolución tecnológica e informática. Si la importancia objetiva de LVdH era cero, a nivel subjetivo me ahorró horas y euros en terapia porque devolvió a mis manos la sensación de control sobre mi vida, sensación desaparecida durante tantos años que ya ni recordaba cuando fue la última vez que la tuve. El impulso de 'desaperecer' se borró del mapa con una fuerza de la misma intensidad hacia el lado opuesto: resistencia al menos hasta igualar el número de obras de mi primera etapa que sucumbieron en la basura o dentro del fuego. 

Así pude concentrarme todo 2014 en los sucesivos contratos de promotora pero bajo techo, por fin, en centros comerciales, sacar adelante encargos freelance de diseño gráfico y corrección de textos que me devolvieron (un poco) la confianza profesional y gestionar la ruptura con mi pareja, porque amor y pasión estaban agotados después de diez años con tensiones originadas por el tema laboral. 

La nueva situación fue curiosa porque llevaba más de diez años con la misma dinámica, sin vida social, del trabajo a casa y a la inversa o de casa a las empresas para dejar currículos, producto de la inercia responsable por tener un contrato a toda costa con su alta legal -en cualquier tipo de trabajo, sobre todo los últimos años- para mantener a una pareja desempleada. Ahora se abría la puerta para centrarme en mis verdaderos intereses o para poner en práctica el cambio de paradigma con el que me había sacado yo sola del pozo. A saber, comportarme y sentirme como una redactora, con el enfoque puesto en ello, que mientras desarrolla sus proyectos necesita de trabajos ganapán añadidos, sin darle tanta importancia a un puesto de borrego azafatil en el último escalón de una larga cadena de venta.

De repente 2015 ya estaba encima con una nueva pareja inesperada, y fue un año igual de plácido con la presencia de Amazon para la edición de un poemario ilustrado como aniversario simbólico -personal- de aquel episodio del 23 de abril (Día del Libro). Tras un breve paso de comercial por las ONGs/empresas de márketing que me quedaban, una misma agencia de azafatas contó conmigo de manera estable para promociones continuas y empecé a ahogarme en un mar de posibilidades. Centenares de cursos, cursillos, especializaciones, de diseño e ilustración, redes sociales o márketing, periodismo, redacción, literatura, certificados de idiomas o incluso de sectores no conectados (técnico de uñas acrílicas; llegué a pensarlo por la apertura floreciente de esa clase de negocios en la ciudad) como manera de afianzar el sustento y reorientar la carrera, ahora que tenía un punto de partida con sueldo fijo. La misma situación de abanico extremo de posibilidades que cuando sumaba apenas 18 años. Por mí (premio de la lotería mediante) los hubiera hecho todos a la vez. Sin embargo, la decisión de un día para otro fue iniciar la carrera a distancia de Psicología. Ganó el estudio del comportamiento humano y la posibilidad de ayudar a otros en el futuro, porque tan fácil no era salir de una depresión como quien se cura de una gripe.
 
El año 2016 me pilló en pleno retroceso temporal de 20 años, una mezcla de euforia y asincronía a partes iguales. A las puertas de la cuarta década de la vida, mi cabeza seguía en el mismo punto que dos décadas atrás: primer curso de estudios universitarios y mil proyectos artísticos por hacer, la vida por hacer aún, 20 años después.


Otros dos grandes pasos, conscientes esta vez, llegaron ese año para atajar la angustia de la circularidad del tiempo que no podía compartir con nadie. El primero: volver a la edición de vídeos, que había apartado después del machaque emocional en medios locales. Producir vídeos seguía siendo mi pasión, y lamenté que las malas experiencias me hubieran hecho perder el tren de una plataforma como YouTube en los años clave de su despegue profesionalizado de los 'creadores de contenido'. Las ideas temáticas que tenía eran demasiado amplias para elegir una, o ya existían canales de la misma temática. Deseché el objetivo de 'youtuber' y decidí utilizarlo como forma de entretenimiento para editar los vídeos absurdos que se me ocurrieran, sin presiones.

También el 23 de abril -un año después, otra vez, el simbolismo- se me ocurrió devolver el favor a la escritura para hablar, en una especie de ensayo, sobre la vivencia con la persecución de las musas, un anti-manual irónico destinado a escritores, que se fue transformando en una especie de novela autobiográfica, incluyendo crowdfunding directo y rápido para la autoedición (si llego a saber que tarda tanto, uso plataformas de mecenas). Bajo el árbol morado: la creatividad maldita, como desahogo a dos décadas indescifrables y para enfocar con calma (la calma de otros) el largo proceso de un libro corriente, editores, etcétera. Ya estaba en marcha otro texto de ficción, con los derechos de la imagen de portada adquiridos a su fotógrafa original. La reserva previa de ejemplares de BeAM era un apoyo psicológico para seguir enfocada en lo prioritario y no desesperar -con el sentido pecuniario del empleo pero su total falta de sentido trascendente -.

Empecé a asistir a jams poéticas/micro abierto que se realizaban en mi ciudad, además de apuntarme a clases de teatro y recordar poco a poco lo que sabía de mis tiempos profesionales como actriz. 

Y llegó la propuesta inaudita de una editorial que se interesó por el nuevo poemario que escribiera. [No me lo creí]

Paso a paso, todavía dentro de la caja de la inercia, cambiaban las cosas. A velocidad de tortuga y sin un plan establecido. Algo no terminaba de encajar, quizá porque estaba más pendiente de la pareja que no-lo-era-pero-sí, una relación que no avanzaba hacia ningún sitio pero tampoco me dejaba irme. La estabilidad emocional no era adecuada del todo (corrijo: era una putísima mierda y un foco de inseguridades) como tampoco la estabilidad laboral, no pasaban de contratos por horas aunque siguieran llamando. Quizá era la costumbre. O quizá tenía que acumularse fuerza a presión para la explosión última, que jamás hubiera imaginado. La primera fisura apareció en los últimos meses de 2016 cuando me contrataron como dependienta, directo con la gran superficie donde estaba en vez de promotora externa por agencia de azafatas. Se suponía un mejor trabajo, el más serio de los últimos cuatro años. Se convirtió pronto en un infierno de sobreexplotación, con su black friday, navidades, reyes y multitudes furiosas de clientes en domingos de apertura.

El botón rojo se pulsó el mismo día en que pulsé el botón cancelar de la preventa. No es una metáfora. Hundir un cuchillo jamonero desde el ombligo hasta los riñones y escarbar en las tripas me hubiera dolido menos. Doce lectores estaban esperando, una portada nueva con la ilustración comprada a su dibujante. Al texto le faltaba algo, todavía, el duende no andaba por los párrafos como deseaba. Tenía un esquema milimetrado de corrección y maquetación, contando con los horarios parciales de mi trabajo. Los turnos cambiaban por completo de semana a semana, excepto en las dos previas al lanzamiento: de repente casi 42 horas, jornada completa toda la semana sin descansos, lo que imposibilitó darle prioridad al libro.

Cancelar. 

El botón rojo. Bum.




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