Lo que arde [identidad digital o verdadera, seudónimos y el asco de enseñar en Instagram]


Tú lo sabes. Yo lo sé. Lo sabemos todos, claro. Quizá lo sé demasiado porque he metido los dedos en publicidad y márketing. Pero me resisto una y otra vez a hacer eso, aunque parezca inevitable, tendencia, moda. Tienes que cuidar eso. Podrías hacerte un perfil serio. Etcétera.

La misma cantinela de la que he participado por años desde que tengo un perfil público como escritora. Y hoy era un buen día para reiniciar. Digo era por el hoy delegado, empiezo a teclear el post el Día de las escritoras y lunes, encima, y pasa una semana porque mil cosas por el camino.

Lo que sería mi marca personal, firma, o sello, es justo: la realidad a secas. Podría exhibirme en medias de rejilla y tacones de aguja, venderse, con versos superpuestos en la imagen, venderlos, una cosecha más abundante que nunca de likes para concluir que a alguien le importa una mierda lo que pone, que luego se va a comprar y leer el libro. Muchos poetas y poetos andan así por Instagram. Pero estaría mintiendo. Los versos surgen cada día, medias y tacones ni son habituales ni tengo ánimo, cuando están, para disimular en una foto que no hay mala cara recién levantada ni durante todo el resto del día. A veces, los versos tampoco quiero compartirlos. La mayoría de ocasiones, prefiero mis fotos contradictorias en las que aparezco real a propósito, con pijama, la ojera y el moco colgando, las cejas despeluchadas, en una palabra: mal. 

Un perfil serio debería ser expresar las cosas como son y dejarse de tonterías, si eres un autor. Es lo que hago, no sé (ni quiero) hacerlo de otra manera y tan difícil resulta entender que se me olviden las nociones de copywriting aplicadas, aunque todo el mundo lo haga y lo cuide. Aunque lo haya ejecutado para alguna empresa, marca o particular, previo contrato. Pero se me olvida quedar siempre bien cuando es mi nombre. Quizá esta actitud es la huella indeleble de cumplir 28 años escribiendo cada día, con independencia de versos, relatos o novelas en curso también los diarios personales, pensados para ser leídos. Las tripas fuera, todas. A buenas horas me planteo que no debería insistir en novelas de terror sino mirar a Iñaki Uriarte, por ejemplo, como otra diarista pura sangre y orgullosa.


La historia comienza una de tantas veces que ingresé al paro en calidad de periodista a la que le cierran el medio. En mi sector la crisis tenía pinta de ir para muy largo. Mi firma no había alcanzado poder alguno para subsistir por sí sola, por lo que se abría un turbio abismo donde los esfuerzos de toda la vida estudiante podrían no servir para nada (desperdicio) y estaría obligada a correr por el sendero del cambio de profesión (pero dónde). En los nueve años siguientes, de hecho, he vuelto a trabajar para un medio de comunicación apenas cuatro meses más, pero eso es otra historia.

Como tantos otros ilusos traté de exhibirme con discreción en las redes. Que si un blog o una web personal para colgar tus fotografías y artículos, ya sabes, para no perder el músculo del redactor diario, la dosis de estrés. Quizá una revista online independiente, lo típico. Algo con lo que el paso del tiempo tuviera sentido.

El bofetón de realidad fue contundente: ni te molestes en intentarlo, nunca vas a existir para Google. Una decena de perfiles, hispanohablantes, con el mismo nombre y apellido. Nada extraño. Y también una actriz y directora de cine. Y una fotógrafa. Y una periodista (mismo nombre, mismo apellido) fundadora y CEO al otro lado del Atlántico de un periódico nombrado igual (La Opinión) que otro en el que fui redactora.

La concurrencia de tantas profesiones por separado chocaba con el mismo nombre y apellido, mi perfil, que pretendía agrupar todos los empleos de actriz, fotógrafa y redactora en La Opinión. Ellas eran tres, yo sólo una. Por supuesto, los punto com, punto net y todos los puntos estaban en uso, inalcanzables para una futura casa virtual.

Con esa coincidencia di la batalla por perdida y decidí tomar una opción aleatoria. Idiota en ese momento, para pasar el rato. De vida o muerte años después.

Tomé la decisión de salir del armario: hola, qué tal, soy escritora y comparto mis mierdas en un blog como hace todo el mundo. Ya lo hacía en la era de los foros php y MSN y ahora empiezo en la nueva era de las redes sociales. He permanecido en la retaguardia de mi burbuja y nunca he contactado con un editorial, ni siquiera sé si me dirían que no. Pero mi profesión oculta, ocultada y verdadera es escritora. Igual que siempre, escribo con seudónimo, manía de tantos concursos literarios. E interacciono por esas redes, que las lleno de escritores y periodistas, donde todos nos vemos impelidos a enlazar la actualidad, comentar noticias o poner juegos de palabras de los que usamos en los textos. Que ha evolucionado hoy a que el ciudadano de a pie sienta la imperiosa necesidad de comentarlo todo y opinar de todo, como si estuviera atado a una redacción o fuera un community manager, pero también es otra historia.

Hasta ahí normal.
No esperaba ninguna repercusión. Sólo expresarme en algún sitio para frenar los estragos de no ver futuro alguno, trabajos cada vez peor pagados en las antípodas de lo que yo era, no ya en lo profesional -donde pintaba lo mismo que un cojín tirado en un sofá- sino también en lo personal y ético. Una angustia continua, cuesta abajo hacia algún problema de nervios.

Un caos.

Mi verdadero ser aparecía, como siempre, cuando abría la boca pero así, por escrito, el único sitio donde he sido de verdad toda mi vida. En la vida real era otra completamente distinta, lo que se esperaba para fundirme con la masa sin desentonar. Pero es otra hist...

Ahí está clave, mi juego, la diversión. Con mi (o mis) nombres literarios he sido yo todo el tiempo. La distancia entre eso y la persona cotidiana no se puede (a fecha de hoy el verbo correcto es podía) contabilizar; directamente un abismo. Nada de postureo con el drama de escribirse encima que algunos pretenden vivir, era tendencia natural y era una desgracia.

Y los seudónimos se utilizan por vergüenza, no por orgullo. Para ocultar quién ha dicho qué, mira lo que piensa en realidad ese autor cuando narra aquel episodio pseudobiográfico. Para sonar bien dentro de la publicidad, no es lo mismo ni estético María Eustaquia González Morales que Lady Gaga.

Seudónimo, personaje, impostura. Mi caso es al revés: el personaje impostor era la del nombre civil y la auténtica era la del nombre libremente elegido. Cumpliendo el juramento que hice con 5 años, bajo la premisa de que era un choque aberrante contra la libertad personal no poder elegir tu propio nombre como ser humano, afirmé que en el futuro sería Sara, el que había elegido, y así reparar el error familiar, porque estuvo entre las posibilidades de bautizo pero no ganó esa opción. Y la había elegido. Sólo tuve que esperar 25 años. Pero no porque sonara mejor para el mundo publicitario.

Y entonces, empezaron a prestar excesiva atención.

Porque pensaron que Sara M. Bernard era un personaje. Un personaje heterónimo del escritor Alberto Olmos, quien ya tenía experiencia curricular con el personaje crítico-bestia de Juan Malherido.


Así que en esta ocasión, ¿no eran  curiosos todos esos mimbres? Alguien que aparece de la nada pero dice que lleva 20 años haciendo libros. Joven de treinta y poco que critica el postureo joven y no tan joven del mundillo literario español, desde la virginidad que otorga vivir fuera del circuito. Y la crítica no era envidiosa desde la prepotencia de un genio incomprendido al que las editoriales han rechazado mil veces, sino desde la acidez y la pureza de alguien con dos décadas -decía- en su burbuja. Tan ajena que desconocía a sus laboriosos coétanos de pluma; acababa de descubrir, entre otros, al propio AO y se declaraba ultra-mega-la hostia de fan. Siguen por ahí los tuits que incluyen las palabras "dios" y "alberto olmos" comparándolos como la misma entidad sin atisbo de vergüenza. También hablaba de la crisis, el monotema de 2013, pero en su versión mediocre e invisible: no había drama, no había niños que pasaran hambre por no llegar a fin de mes, ni amenaza de deshaucio por un hipoteca sin pagar -o la hipoteca mensual o la comida de los niños, la dicotomía que planteaba la prensa con frecuencia esos días- porque su vida laboral no le había dado ni para tener niños siquiera. Y, por último, especificar abiertamente que era un nombre literario, seudónimo, que ni se llamaba Sara ni se apellidaba Bernard. Pero el otro nombre no se filtraba por ningún lado.

En qué momento la lectura de todos esos detalles llevó a la conclusión de ser un personaje más de la mente del segoviano, no lo sé. Una posibilidad que lanzo al vuelo en retrospectiva, cuando ha pasado el tiempo y más de dos y más de cinco personas preguntaron (siguen preguntando, hoy) si realmente existo o soy una historia heterónima.

Entonces sólo era incredulidad. Así aparecieron lectores o followers en cascada, quizá por la duda de la existencia independiente o no, de quién se ocultaba detrás de aquellas palabras. Y lectores anónimos que pasaban por allí. También lectores del tipo en realidad quiero hablarte de mi libro. Si no cuento mal, me mandaron 5 libros enteros y otras 7 invitaciones por si quería leer otros tantos libros y hacer una reseña o algo; todos aquellos noveles desconocidos ejercían un automárketing de aura tiñosa, colocándome en sus puntos de mira por ser alguien si tenía esas otras firmas concretas de seguidores.

Y después, incluso, he llegado a mi cumbre de personaje literario. En una novela decía la protagonista escribe; después lo piensas y también llevo escribiendo sin descanso desde 1991 y además una copia gratis que el autor tuvo el detalle de regalarme por correos.

Seguí mi camino hasta hoy, con el parón de los últimos dos años.
Podría decirse que he estado fuera de las redes ese tiempo, en unas extrañas vacaciones. Durante el proyecto de contar una de esas historias inconclusas de arriba, el asunto se deshizo por completo. Los papeles se han invertido este tiempo que he estado fuera. Quizá la resolución por la que tanto he gimoteado aquí una y otra y otra vez, ejecutada de forma surrealista.

En el mundo real ejerzo, por fin, de Sara M. Bernard. Salí a dar conciertos y estar en la calle. Algunos versos de los escritos en esta casa se han dicho en persona. Análisis y pensamientos que estaban por aquí los he expresado en voz alta a otros seres humanos. Y todavía estoy haciendo esa digestión. Intento regresar poco a poco pero la selva de Internet ha seguido su curso acelerado.

Ahora AO pasó de la categoría rebelde a la de otro señor mayor amargado porque chocó contra el feminismo pop y la tuitstar de turno. Ahora me caen reprimendas y manspreadings porque soy un delicado copo de nieve que me creo especial, ofendidita como si el mundo me debiera algo, vamos que me confunden con alguien de 20 años cuando tengo ya 40, caballero, QUE TENGO 20 EN CADA PATA, no es nada de eso, que vengo de la otra crisis y aún no me he recuperado, no soy una ofendi...

Ahora casi debería ser mi obligación dar la turra con material gráfico, posados, carnes y bikinis, y qué menos encima cuando podrías sacar provecho de un cuerpo de 40 que se mantiene igual que con 20, invéntate algo de fitness, no entiendo como no haces eso, etcétera. Que poses, maldita sea, hemos pasado de la dictadura de la belleza perfecta a la dictadura de enseñarlo todo, todo el rato, mira qué oportunidad estás desaprovechando para tener más likes, mira todas estas estrategias y trucos que podrías utilizar para comprar seguidores y bla bla blA BLA.

No, gracias, no me da la gana esa esclavitud. La única deuda que tengo es con el teclado.

Mi perfil serio es este.



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