Aunque es de noche...

Aparece para llevarse por los aires todas las teorías sobre arte y sufrimiento. A la mierda. Explosión. Trozos.

Aparece. Y no sé cómo lo hecho.

Es el centro de la madrugada y hace demasiadas horas que se perdió el verdadero origen, el punto de inicio que da paso a este caos de angustia, llanto y adrenalina. Una discusión inofensiva que crece por encima del tsunami porque destapa todo el dolor enquistado. Ya no dolor, sufrimiento. El de la soledad infinita que no tiene freno en su intensidad. 

Ha pasado la música en ese estado, han pasado 6 páginas escritas y nada lo calma. La intensidad desborda en un grado proporcional a tantos meses pasados en silencio y aumenta, no disminuye, a medida que cae la madrugada profunda.

Ojalá un episodio, un ataque de ansiedad como mandan los cánones, y presentarse en la Casa del Mar (nombre del ambulatorio de urgencias más cercano) a pedir, no sé, una inyección de diazepam, algo equivalente que quite este sufrimiento de un manotazo. Porque la palabra no es dolor, es sufrimiento en toda su crudeza. Qué gracia, Siddharta y su frase del sufrimiento. A Buda quisiera verlo aquí, ahora, esta madrugada, así.

La muerte iniciática del ego que precognizan varias tradiciones (proceso experimentado dos veces) se queda corta frente a esto: la muerte de un ego cadáver, confrontarse a lo que eres y siempre has empujado, restringido o silenciado para intentar asfixiarlo, sin éxito. Emerge en toda su magnitud para golpearte la cara con la mano abierta, como venganza, para gritar con tantos decibelios que sangran los oídos aunque nadie más lo escuche.

No sé cómo lo he hecho.

Decido hurgar la herida como último recurso, tomar ese color kaos que he desterrado de la caja de lápices, color asco, color que odio o rosa, y lo tomo para pintar lo que sea, el trazo de una cara rosada, el contorno de un rostro como indicaba mi profesor de dibujo, con un lápiz que me produce sarpullido. Y entonces lo veo. Está en el papel, ya hecho y terminado. Mezclo colores sin saber cuáles son. Tres tonos más de color carne blanca, cuatro de color verde.

Días después trato de reproducir otro rostro y no me sale. No sé dibujar, en realidad. La dama verde me pintaba a mí.


Dejar de huir es dejar de quejarse.
Dejar de quejarse es abandonar el miedo.
Cuando la gente pierde el miedo,
se vuelve peligrosa. Porque
descansa en su centro verdadero, inamovible.
Y esos centros nunca serán jaulas. 




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