Infinite
Con la tecnología de Blogger.

Lost in Pandemia


Han pasado 9 meses desde que un tinte no tocaba los remolinos de mi cabeza. Esto no tiene la más mínima importancia si no fuera por la sorpresa delante del espejo, un día de verano, porque no recuerdo en absoluto cuál era el tono exacto de mi cabeza al natural. Casi cuatro años (2017, 18, 19 y el principio de 2020 antes de). Cada tres semanas un tono distinto, del castaño al morado, del morado al verde, del verde al blanco y luego blanco plateado, otros morados con más porcentaje de rojo, gris plata, castaños y cobrizos varios pero todos de bote. ¿Y el mío de verdad, cómo era?

Salir del exterior para regresar a la mente, salir de la mente para regresar a la calle


Diario de la pandemia: resistencia a la hilera de obviedades

En tiempo real: no se esperaba menos de una catástrofe que nos abofeteara a mano abierta en esta época de redes sociales. Y eso hemos tenido, el minuto a minuto desde los primeros días para vencer la irrealidad audiovisual que nos modela, verdadera marca de nuestra generación, esto es, ese lapso desde que llega la información repentina hasta que la asimilas por completo, digerida y separada de una película de Hollywood aunque te alcance por las mismas pantallas. El guion de Contagio (2011) se parece increíblemente a la realidad de este abril, con  H1N1 y SARS y uno nuevo que es el protagonista oculto de la cinta, y murciélagos que baten las alas en China, cierres de ciudades y mejor lávate las manos, mantén una distancia de seguridad y no te toques la cara. Vaya previsión la de los guionistas. Incluso el mapa que aparece en el metraje es idéntico al que vemos actualizado cada hora a través de la Universidad Johns Hopkins. Y aún antes, como broma macabra, videojuegos (Pandemic versión cutre flash y su evolución Plague Inc) donde asumes el control de un virus con el objetivo de contagiar y destruir a todo el planeta.

Febrero, camino hacia qué

Resuena la bocina imponente de un barco cuando empiezo estas líneas. Tres toques de aviso. El eco reverberante me recuerda a la escena inicial de la película Titanic, tan llena de movimiento, con un Leonardo DiCaprio tan feliz y tan rubio correteando entre el gentío para embarcar, sin saber que acabará azul. Echo mano de Google para que me encuentre los horarios. La nave se llama Oceana, dos mil y pico pasajeros, cubre el trayecto Coruña-Southampton. Avisaba a toda la ciudad de su partida hacia Southampton. Ese puerto, sí, el del Titanic. DiCaprio, qué haces, ar favó, no subas a ese barco, que luego una repipi te dice que en la tabla no porque se hunde y prefiere salvarse ella.

El año del pensamiento mágico

No sé si he escrito menos que nunca en el blog y por eso me he despistado, o primero me despisté y por eso he abandonado esta casa, cuando antes era el único lugar posible. Incluso he mandado a la carpeta de borradores despublicados una serie correlativa de posts (acción nunca antes vista aquí) porque no era su lugar ni momento. Pero regreso, como viejos amigos que se encuentran y reconocen después de viajar por todo el mundo.

Lo que arde [identidad digital o verdadera, seudónimos y el asco de enseñar en Instagram]


Tú lo sabes. Yo lo sé. Lo sabemos todos, claro. Quizá lo sé demasiado porque he metido los dedos en publicidad y márketing. Pero me resisto una y otra vez a hacer eso, aunque parezca inevitable, tendencia, moda. Tienes que cuidar eso. Podrías hacerte un perfil serio. Etcétera.

La crisis de los 40