Infinite

Bailoteo existencial (4)


Es otro noviembre precioso y raro. Otra vez.

No tengo un post "bailoteo existencial 3" porque estaba tan ocupada escribiendo 1.666 palabras diarias que no me acordé de la tradición. Pero fue.

Si este me he acordado ha sido por acumulación de datos y dos días con dos canciones concretas, totalmente opuestas. Por despertar con el alba y sentir las notas de una de ellas atravesando mi media conciencia (¿dejé puesta la lista de reproducción?) y esa espera adormilada mientras sube el café. Por el desarrollo de otro artículo que se va desinflando, se enquista, acaba por ser una idiotez que suena a blablabla, pfú pfú, ja, ja, al ritmo de la segunda. Cómo resumir que los convencionalismos sociales casi me destrozan, al cabo, por tragarlos a la fuerza en contra de mi propio ser y casi transformarme en una rana hervida del todo.

Las 6.30 a.m. y aquí, relatando


Los períodos de reposo forzado nunca han sido lo mío. Por eso me vine abajo al tercer día. Si al tercer día es tiempo legendario de resurrección, al tercer día mío fui consciente de la disolución. El cuarto sería igual, y aún más, estaba reflexionando todo esto durante el quinto día. Sin darme cuenta, pasó la semana. Me eché a perder, sin retorno. La costumbre se había asentado, repentina, como si desde el principio de los tiempos hubiera sido lo más normal de mi conducta; tan familiar era la sensación que producía en todas las células. Así de absurdo: si te levantas un día y en el espejo eres de un tono de piel mucho más oscuro y lo asumes: sí, siempre he sido negro, no hay nada extraño aquí, por qué tendría que gritar horrorizado. Así de absurda era mi situación ante la  inmovilidad. Ayudó mucho la somnolencia que rodeó las cosas como una tela de araña: empecé a no distinguir la semi-inconsciencia de las horas firmes, los minutos despiertos, el sentido claro al reloj. Una especie de neblina que me ocultaba todo, como si fuera un sueño. Esa somnolencia fue producto o fue la causa (no podría distinguirlo) de que aceptara mi nueva situación como si fuera antigua, como si en mi naturaleza no hubiera existido jamás el movimiento ni la prisa, la vitalidad ni las ganas de moverse a la velocidad más alta. Acepté que era un ser inactivo como si nunca me hubiera interesado el mundo, sólo porque me obligaban a estar encerrado en casa, sin la posibilidad de dar el mínimo paseo hasta la puerta y traspasarla.

P de periodista, poeta, psicóloga, punki y el Paraíso no-perdido de la infancia. Títulos que ni Patricio Pron, oiga

Perdona si el juego consonántico te hace creer que hablo entre líneas de algún político nauseabundo. Es una broma interna con las ocupaciones, en verano todavía argumentaba (bajo el auspicio de una visión Bolonia y mecanicista) que podría matricularme de algo así como "peluquera" para poder abrir un negocio.

También es una gracieta desde que cambié la montura de las gafas, algo que ocurre con un intervalo de muchos años; como siempre, costó 40 minutos agónicos probar toda la óptica sobre mi nariz, los modelos quedaban excesivamente anchos para mi rostro delgado, hasta las monturas de niños, horribles. Sin pensarlo mucho me llevé el primer y único modelo de la tienda que no quedaba del todo mal y que podría aguantar los cristales de 10 dioptrías. Sólo dos semanas después (¡dos semanas! pero qué...) me di cuenta de la P en relieve que adorna las patillas, quizá porque la "marca" era el Police discreto en una esquina de la caja. 

P de periodista, bueno. P de poeta, vale. P de lo que os estáis imaginando, mal pensados. Qué más da, las gafas son igual de vergonzantes. 

Perdona si te hablo de mí. Este es uno de los posts más auténticos, con diferencia, de los últimos años. Va de tripas y cosas. Más tripas y cosas que nunca antes, porque he conseguido ponerlas en orden gracias a una decisión tomada de un día para otro; igual que cuando cambié a estudiar Periodismo, ahora me he apuntado a estudiar otra futura profesión, que sí, con las gafas a juego: psicóloga. 

Esta sensación tan familiar de nariz enterrada entre los libros ha levantado un huracán analítico que no esperaba. Y superpuesto al tema semanal: que si ahora la moda es ser escritor, todos escriben, sobran escritores, etc. Comentario-reflexión que he leido en las letras de varios. Y el eco punzante cuando se trata ese tema. ¿Realmente soy eso? ¿Qué hacía antes de serlo? ¿Y si le estoy dando más importancia de la que tiene en realidad? Y entonces, he hecho un descubrimiento sorprendente, con la otra temática de la que he estado absorbiendo material esta semana: el supuesto paraíso de la infancia, un lugar común (en filosofía, en literatura) que jamás he entendido, capaz de darme tal inflamación en las meninges como para ir a urgencias. 

En la infancia hacía lo mismo que hago ahora. Pensaba lo mismo que ahora. Cambia sólo el número de horas de vuelo. Quizá ahí esta la clave de todo y las cosas van mal desde el principio. 

En esa infancia mis actividades se centraban en unas pocas cosas: bailar, siguiendo las clases de danza de aquella famosa serie de televisión y aprendiendo los nombres en francés de los pasos; dibujar, de manera independiente, horas copiando lo que veía para aprender por mi cuenta el trazo de los grandes pintores; componer canciones, con un piano cutre a pilas y a veces con letra para la voz; estudiar lo que mandaban en el colegio, un auténtico placer; leer, tanto para mí (en silencio) como en voz alta. Pasaba horas con una grabadora de casete, en mi programa de radio inventado, poniendo voces a los cuentos. Audiolibros, lo llaman ahora. Me daba mucho asco cómo leían mis compañeros de clase, a trompicones, como marcianos. ¿No se daban cuenta de que así no se habla? ¿No entendían lo que leían o qué?

Después vinieron las hormonas, después vino la mayoría de edad legal. Y después, nada.

Todas  esas actividades de esfuerzo y trabajo han evolucionado el resto de la vida hasta hoy. Siempre han estado ahí.
  • Bailar: di varios cursos de Ballet clásico, danza contemporánea, etc. "Salir de marcha" siempre ha sido ir a bailar como una loca, cuando para el resto era drogarse con todo tipo de cosas o ligar. 
  • Dibujo: tuve la asignatura de dibujo artístico, me compré láminas para aprender, estuve una temporada investigando con lápices pastel, otra temporada con el carboncillo, otro año me dio por el óleo. Un verano lo dediqué a hacer copias de bonitos murales egipcios. 
  • Música: me regalaron un decente piano electrónico de la marca Yamaha. Aprendí a tocar la guitarra, hice pinitos con amigos de grupos musicales, fui a un par de cástings de cantante solista, después he descubierto maravillosos programas compositores que sacian mi ritmo ahora que no dispongo de piano o de guitarra física. 
  • Estudiar: bueno, terminé la carrera. 
  • Leer: por supuesto, la variante de "hacerlo en voz alta" se derivó al teatro y los escenarios, al doblaje profesional de cine y presentadora en radio y televisión, años después. 
Sobre los planteamientos filosóficos, lo mismo que pensaba de la raza humana en general, con 5 años, es lo que pienso ahora; cambia que tengo anécdotas directas y, en la infancia, algunas sólo eran teorías o constructos hipotéticos de uso. La misma consciencia. No llegó con la madurez (que no sé a que edad ocurre) sino que ya estaba ahí desde el principio. El paraíso de la infancia es sólo vuestro mito.


En este listado, sin embargo, hay un olvido flagrante. Tú lo sabes, yo lo sé. Puedo explicar qué hacía antes de engancharme al tabaco, cómo era mi vida, pero es difícil explicar cómo y por qué empezó lo de la escritura.

Fue culpa de la Primera Comunión, quizá. Estudié de verdad en los cursillos preparatorios de la catequesis: las religiones estaban por todas partes en el mundo, a mí me había tocado el cristianismo católico, así que decidí aprenderlo. El resto de compañeros durante aquel curso lo hacían porque sí, porque sus padres lo habían dicho, sin tener ningún interés especial ni la más remota idea de lo que hacían.

Entre los regalitos con los que me obsequiaron por ir vestida de mini-novia y el cuerpo de Cristo consagrado en el estómago abundó un tipo de cuadernos de tapas nacaradas y la palabra Diario.

Nunca se me habría ocurrido una narración cotidiana. Terminé los "diarios" de tapas blancas y seguí con todo tipo de libretas. Así hasta hoy.

Ese caldo de cultivo diario se completó con las hormonas y el salto cualitativo de las clases: insoportablemente-aburridas-de la muerte, de repente. Pero. Siempre hay un pero. Coincidió con la profesora de lengua y literatura, que ese año nos puso a hacer ejercicios literarios de verdad. Crear poemas, completar relatos, etcétera. Y con la excusa de esa asignatura y sus deberes, llegó el final de curso sin que hubiera atendido demasiado a ninguna clase; escribía. Disimulaba que atendía, pero estaba escribiendo mis cosas. Ese verano ya me presenté a varios concursos literarios (de adultos). Y los siguientes 9 años escolares, lo mismo. En la universidad ya atendía un poco más (sobre todo porque había que tomar apuntes al vuelo).

En el fondo, era un secreto vergonzoso. Por eso siempre he firmado con seudónimo. Porque más de la mitad de horas de clase, ante la pesadez y lentitud de lo que explicaban, escribía. O anotaba ideas para escribirlas después en casa, una vez terminados los deberes y el estudio.

Los niños con altas capacidades suelen cagarla, antes o después: o bien tienen un comportamiento muy gamberro dentro de la clase y/o acaban suspendiendo todo de manera estrepitosa, hasta gimnasia. Lo raro es sobrevivir al sistema educativo sin que se note, según me dijo el psicólogo orientador cuando ya tenía la mayoría de edad. Artista del disimulo.

¿Cómo te imaginas dentro de 10 años?
Escribiendo, dije.
¿Y dentro de 20?
Escribiendo...

No tomó en serio ese vacío crónico del que le hablaba. Tampoco me dio ninguna pista, al contrario, le restó importancia dando a entender que era lo típico de la adolescencia y que, algún día, se pasa. Tampoco supo explicarme esos estados de creatividad desbordante, a veces tan extremos como para interrumpir cualquier actividad y anotar párrafos que parecían ser dictados por una presencia hasta externa y fantasmagórica, de tan claros. Desde ese momento me convencí de que los psicólogos son una sarta de gilipollas que no sirven para ayudar a nadie.

Ahí está la diferencia. Las otras actividades de creación iban y venían. Alguna avanzó a niveles profesionales, de otras dije que quería dedicarme a eso en el futuro (Ballet). Pero la escritura las sobrepasaba a todas, muy por encima. Y el cómputo de horas con esa actividad ya triplicaba al resto.

Ese vacío crónico se ha mantenido hasta 2013. Cosas de la edad, ya. Un cojón. Es tan simple como que toda mi autoestima, todo mi ser y esencia han estado en conflicto con los usos sociales (y prejuicios) que rodean al trabajo artístico y creativo. Con esa idea de que los artistas disfrutan con lo suyo y, por tanto, es menos trabajo o no es un trabajo real con el que ganarse la vida.

La búsqueda de sentido, además, ha tomado otra vertiente por muchos años. Desde muy temprano percibí que chocaba con puntos clave del cristianismo, su historia y desarrollo, y emprendí una larga búsqueda que me ha llevado a estudiar por Oriente y Occidente. Desde las otras grandes vertientes (aunque por el lado de la cábala y el sufismo), budismo, zen, hasta ramas chamánicas o tradiciones indígenas de todo tipo. He asistido a centenares de rituales de lo más variopinto, algunos inexplicables, otros mejor que el Club de la Comedia por la pandilla de estafadores haciendo el tonto. Muy divertido. He sido iniciada en varias cosas, hasta que por fin he encontrado la definitiva. Ostento el mismo rango que Pablo d'Ors, aunque no sea una religión de Estado o institucionalizada de la misma manera.

Pero  lo más gracioso es que más allá de los constructos humanos y de los comerciantes estafadores, hay algo más. Es irónico que muchas personas sean capaces de arruinarse por la necesidad de encontrar algo más y no lo consigan nunca. Y a pesar de encontrarlo y verlo, el vacío crónico de mi experiencia humana ha seguido ahí.

Este blog es un testigo de ese dolor (aquí lo mismo sobre la infancia). Es la corriente subterránea que permea cada una de mis palabras públicas. La amargura, la ironía y acidez, incluso la violencia y la bestialidad camionera que exhibo en las redes sociales, es un producto de lo mismo. Duele tanto material sobre creatividad, ejemplos de escritores, técnicas de escritura, cuando el problema no es hacerlo, sino SERLO. Aunque para eso también hay manuales: que si estrategias de marketing, que si buscar temas de interés para los lectores, que si la industria... todo, menos hacer lo que uno sabe hacer, de la manera propia en que siempre lo ha hecho.

He caído durante mucho tiempo en la presión social de "ganarse la vida", del "trabajo estable", y por eso todavía hoy me sigo cagando en que ninguna editorial me contrata, a pesar de la escapatoria en la autoedición. Porque el hecho de una editorial de prestigio supone que tu trabajo no es una entelequia que haces en tu tiempo libre, sino una demostración de que es un trabajo de verdad. Eso sin contar con el dolor intrínseco de todo escritor, será realmente bueno lo que escribo, no lo será, me va a explotar la cabeza.

Tampoco se me ha ocurrido nunca (hasta 2012, aprox.) que podría haberme encaminado a ser "periodista cultural". Hablar de libros escritos por otros. No sé. Es como si una persona homosexual debiera mantener su condición en secreto, por el entorno, y le ofrecieran trabajar de relaciones públicas en una discoteca de ambiente. Pues va a ser que no.

La pelea conmigo misma ha concluido. Habéis sido testigos de las fluctuaciones agresivas de estos años: era la última batalla, a muerte. Arreglar las cosas o desaparecer. Menos mal que he conseguido arreglarlas. Y un paso más, definitivo, el de esta segunda carrera, para algún día (dentro de cuatro años) ayudar a otros en su proceso de aprendizaje.

Un último apunte: os lo suplico, no me mandéis más enlaces con artículos sobre creatividad y escritura. Ya bastante tengo con lo mío. Gracias.

El Arte hasta que sangre


La opinión que las personas tienen de ti es un problema suyo no tuyo. Saber esto es muy importante. Si tenéis buena conciencia y hacéis vuestro trabajo con amor, se os denigrará, se os hará la vida imposible y diez años más tarde os darán dieciocho titulos de doctor honoris causa por ese mismo trabajo.

Elisabeth Kübler-Ross

Hay esperanza absurda en las estrellas

El reloj marca y 57 y me relamo del gusto por la precisión; hay tiempo de sobra. Tres minutos. Ya estoy preparada al viejo estilo, con todos los sentidos alerta, como si fuera una cita periodística de antaño. Ese tic del reloj suizo, sueco en este caso, la errata que no he corregido todavía en el libro, no sé por qué: mirar el móvil -el reloj- cada 5 segundos, no cada 5 minutos.

Charla pendiente