Imagina una persona intolerante a la lactosa y alérgica al gluten, pero que no lo sabe. Durante la infancia aparecen marcadores en un examen rutinario, pero según los analistas es una tontería y no repercutirá en modo alguno sobre su vida cotidiana. La vida que rodea a esa persona es muy fácil, porque de todas las múltiples direcciones existentes, todo se enfoca hacia una: ser futuro participante en concursos de Comedores de Tartas con Nata. También flota en el ambiente un halo extraño de lejanía, aunque el desarrollo para formarse en ese camino sea más o menos apacible. Durante la adolescencia, el halo se vuelve sólido en algunos puntos, la persona se siente incómoda porque el futuro no pueden ser sólo las tartas con nata; un nuevo examen apunta la presencia de intolerancia y alergia, de nuevo los analistas aconsejan que se ignore. No es para tanto ya que está a punto de concluir su formación en Concursante y nunca tuvo problemas graves con ello. Siga el esquema de vida proyectada.
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El día en que descubrí que soy pobre _ La sociedad del Mundo Feliz
lunes, 30 de enero de 2017
El día en que descubrí que soy totalmente pobre no estaba haciendo nada especial. Mi cabeza, de hecho, se relajaba en la falta de concentración durante una pausa de estudio. Descanso permitido para comer algo en el salón, frente a la tele. Con el mando a distancia salto de un número a otro, de un canal a otro, increíble desgana. Hasta la palabra zapping ha pasado de moda. Y no voy a mentir, ya no es habitual estar ahí sentada, mirando nada elegido que puedas poner en pausa o revisionar, ni nada elegido minuto a minuto. Veo más internet que televisión.
Las 6.30 a.m. y aquí, relatando
sábado, 14 de noviembre de 2015
Los períodos de reposo forzado nunca han sido lo mío. Por eso me vine abajo al tercer día. Si al tercer día es tiempo legendario de resurrección, al tercer día mío fui consciente de la disolución. El cuarto sería igual, y aún más, estaba reflexionando todo esto durante el quinto día. Sin darme cuenta, pasó la semana. Me eché a perder, sin retorno. La costumbre se había asentado, repentina, como si desde el principio de los tiempos hubiera sido lo más normal de mi conducta; tan familiar era la sensación que producía en todas las células. Así de absurdo: si te levantas un día y en el espejo eres de un tono de piel mucho más oscuro y lo asumes: sí, siempre he sido negro, no hay nada extraño aquí, por qué tendría que gritar horrorizado. Así de absurda era mi situación ante la inmovilidad. Ayudó mucho la somnolencia que rodeó las cosas como una tela de araña: empecé a no distinguir la semi-inconsciencia de las horas firmes, los minutos despiertos, el sentido claro al reloj. Una especie de neblina que me ocultaba todo, como si fuera un sueño. Esa somnolencia fue producto o fue la causa (no podría distinguirlo) de que aceptara mi nueva situación como si fuera antigua, como si en mi naturaleza no hubiera existido jamás el movimiento ni la prisa, la vitalidad ni las ganas de moverse a la velocidad más alta. Acepté que era un ser inactivo como si nunca me hubiera interesado el mundo, sólo porque me obligaban a estar encerrado en casa, sin la posibilidad de dar el mínimo paseo hasta la puerta y traspasarla.
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