Ahí están, un poco torcidos pero formando un conjunto perfecto, alrededor de los bordes del plato. La cocina tiene restos de arroz por todas partes. El aire golpea la pituitaria con un olor avinagrado, producto de cocer el líquido-salsa (que es vinagre caliente) para tan exquisito manjar.
Ahí están, también, los restos de alga nori, algunos trozos que siguen verdes y secos, otros mojados y de color casi negro que han sobrado al hacer los rollos de maki sushi. Nunca pensaste que las bolsas de alga nori tuvieran utilidad, ese producto que siempre has visto colgado en la parte de alimentos naturales de las herboristerías.
Mi cerebro y yo estamos jodidamente locos, a partes iguales. El cerebro quizás un poco más. Se le ocurren cosas muy extrañas y debido a la velocidad de procesador Intel, antes de desecharlo ya ha inundado todas las zonas y se ha expandido por la columna, los brazos, las piernas...
Cada cierto tiempo es necesario moverse un poco, un cambio de look, un algo. Lo más socorrido que suelen hacer las mujeres es irse a una peluquería.
Pero ahora mismo es uno de los lugares que no me sirven para nada: no quiero más resorcina en mi cabeza (la principal porquería que llevan los tintes de tonalidad rojiza), vuelvo a mi pelo castaño natural y a dejármelo largo como antiguamente. Así que no sé qué cambio de imagen puede hacerse sin tocar nada.
Este viernes ha sido el estreno del mes de noviembre, con una mañana muy atareada. Decidí batirme con la ciudad para varias gestiones, además de acercarme en persona a entregar cvs en medios de comunicación.
Tras finalizar quise seguir andando, bajo mi paraguas, lluvia moderada y frío intenso, para otra gestión urgente. Quería visitar una librería en concreto cuyo escaparate al estilo tienda de ropa me hizo gracia. Un negocio familiar de no sé cuántas décadas, pero reformado con una presentación moderna. Al pasar había visto a M. Houellebecq y El Mapa y el territorio dominando todo el escaparate, en una composición geométrica de varias decenas de ejemplares, cartel y hojas secas de otoño.
Me lamo los lunares como si fueran heridas del sol. Hoy quema la lágrima que no ha sabido mantenerse, y es un día bonito porque es víspera de Difuntos. Y los cadáveres se levantan y dan mucho por saco.
En apenas dos semanas he conseguido tener vértigo, sin sufrir del oído. Primero era un pasatiempo, después dio frutos; primero me gustó, luego me entraron ganas de buscarme una concha como el cangrejo ermitaño, después volvió a gustarme y eché a volar, para volver a esconderme... Todo muy bipolar, sí, debería mirármelo. Aunque no sé dónde acudir para que me lo miren, si a un psicólogo, un licenciado en filología hispánica o a un profesor de literatura.