¡LIBRES PARA NADA!

ESCRIBE; DESPUÉS LO PIENSAS

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Bailad, malditos -capítulo 700-

domingo, 9 de diciembre de 2018
Zdzisław Beksínski

Murzim

viernes, 7 de diciembre de 2018

El camino torcido del burro

miércoles, 17 de octubre de 2018
No sé hasta qué punto puede ser una astenia otoñal. Las astenias, por tradición, me dan durante febrero, justo todo el mes anterior a mi cumpleaños. O hasta qué punto tiene que ver con el artículo al que le doy vueltas una y otra vez de forma diaria, la parte siguiente de Mi verdadera historia ~ Malditos cerebros. Porque está quedando demasiado largo para las prisas actuales, aunque corte, resuma y vuelva a resumir hasta lo imprescindible. Porque significa masticar el relato completo de ese período amorfo que -ahora puedo nombrar con certeza absoluta- fue un episodio depresivo mayor y no la simple tontería de paso todo febrero un poco baja de ánimos hasta que llega mi cumpleaños el 28. Quizá es miedo a quedarme corta para que se entienda la gravedad del asunto pero con la posibilidad, sin caer en la magufada, de otra serie de motivos por los que salí adelante, sola, negándome a intervención alguna de mis próximos compañeros de profesión y relacionados -psicólogos y psiquiatras-. Quizá son dudas por toda esa gente que me ha conocido en la versión 2017 en la calle, y se pregunten quién es esta, que me la han cambiado del todo, alguien ajeno a lo que era durante el relato en cuestión.

Mi verdadera historia (capítulo 1: el inicio) ~ Malditos cerebros.III

lunes, 9 de julio de 2018

He vivido en crisis existencial permanente desde los seis años de edad. Nada parecido a sentimientos negativos de tristeza (salvo un brevísimo período de tiempo excepcional) sino esa crisis de cuestionarse, cada minuto, de dónde viene y adónde va la especie humana, y uno mismo dentro de ella, qué maravilla el azar de la existencia y la evolución, cómo funciona el universo y cuáles son sus reglas. Desde los cinco años había adquirido mi memoria lineal (la sensación del paso de los días en un relato continuo) y a los seis ya dominaba una habilidad que estaba desesperada por aprender: la lectura. Antes de esa edad, mi existencia tenía una memoria difusa, escenas sueltas como los sueños -no sabes qué ocurría antes ni qué después, sólo la escena concreta-. Aunque dijeran que no podía acordarme, en mi cerebro se almacenaban esos recuerdos autoconscientes con ocho meses de edad, un año, año y medio, dos años, etcétera, hasta los cinco años, por fin el curso donde no tuve que esperar más ni intentarlo por mi cuenta para desencriptar los libros.

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martes, 3 de julio de 2018