Infinite
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Lo que arde [identidad digital o verdadera, seudónimos y el asco de enseñar en Instagram]


Tú lo sabes. Yo lo sé. Lo sabemos todos, claro. Quizá lo sé demasiado porque he metido los dedos en publicidad y márketing. Pero me resisto una y otra vez a hacer eso, aunque parezca inevitable, tendencia, moda. Tienes que cuidar eso. Podrías hacerte un perfil serio. Etcétera.

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Exponerse

Los comentaristas resucitados del blog devuelven el sabor conocido de 2013, cuando esto funcionaba con un poco de movimiento -porque los blogs estaban de moda como zona de batalla; hoy son otras- y el regusto, agradable, de que el anonimato relativo permite ejercer mi hipergrafía en toda su extensión. Puedo, y quiero, contestar a cada una de las gilipolleces, sin censura, aunque vaya contra lo que se supone debe hacerse a nivel mecánico. ¿Sería capaz de soportar una exposición máxima? surge la duda. Agradezco, como siempre, la ridiculez cinética lejos de estrellas de las letras o Instagram o Youtube. Porque tengo la mala costumbre de contestar a todo, de tener la última palabra, a lo bueno y lo malo, aunque sea un tono excesivamente incorrecto de trolear al troll. No puedo estar quieta encima de un teclado porque me divierto mucho. ¿Qué pasaría si manejo cifras mayores de ojos pendientes a cualquier coma que se me escape? Quizá no tendría manos para contestarlo todo. Quizá no pase nunca.
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La era del selfie

Mucho antes de que se expandiera el concepto de 'selfie', ya me hacía autofotos de manera muy compulsiva por motivos estéticos y emocionales. Costumbre que he mantenido con la evolución de mis medios técnicos -no sé cuántos megapíxeles en el móvil- y a pesar del tránsito a la generación selfie. No comparto, de todas formas, ni un 2% de la galería que atesoro. Ocasiones puntuales, como la fiebre reciente en mi Instagram que podéis ver ahí al lado en la columna, versión web del blog.

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Algo estamos haciendo ¿mal?, Rubius


Como individuo pertenezco a la que he llamado generación bisagra, donde sólo estamos mi gata y yo, según parece. Estoy inmersa en los usos, costumbres y tendencias estas modernitas, gracias a la difusión por internet que me convierte en una esponja, al mismo tiempo que, por edad física, pertenezco a la generación posterior. 

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Hay esperanza absurda en las estrellas

El reloj marca y 57 y me relamo del gusto por la precisión; hay tiempo de sobra. Tres minutos. Ya estoy preparada al viejo estilo, con todos los sentidos alerta, como si fuera una cita periodística de antaño. Ese tic del reloj suizo, sueco en este caso, la errata que no he corregido todavía en el libro, no sé por qué: mirar el móvil -el reloj- cada 5 segundos, no cada 5 minutos.
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El niño de la playa y las redes sociales

Las redes sociales permiten hoy que cualquier ciudadano sufra los embates de un periodista. Chocar de frente con las pruebas documentales del horror sobre el planeta; acceso a testimonios, a vídeos, a fotografías, al sonido mismo de cómo están las cosas, incluso a la retransmisión en tiempo real. Un periodista tiene que digerir todo eso, por el trabajo de otros compañeros o directamente sus ojos en el sitio, con una digestión que no termina nunca. Porque hay muchas más cosas de las que terminan por salir con difusión máxima.
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Redes elegidas y la soledad infinita


El primer estado oficial que publiqué en Facebook se remonta a 2010, y ya era una queja irónica sobre el final de la serie "Lost". Mientras todos se volvían locos con la retransmisión en directo -horario norteamericano- del último capítulo, los problemas técnicos de la emisión simultánea y el no cierre de varios detalles de la trama, mi noche en vela la dediqué a pelearme con la incomodidad visual que me provocaba -y me sigue provocando- ese tono exacto de azul web.

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